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viernes, 14 de junio de 2013

Algo huele a podrido



Nos guste o no, los españoles somos muy guarros. Lo diré sólo una vez para aquellos que tienen la sensibilidad más allá de la hipodermis: voy a referirme a los españoles como un concepto genérico, con todo lo que esto conlleva de injusto cuando pretendes aplicarlo al plano personal. Dicho esto, repito, los españoles, especialmente en comparación con sus colegas europeos, conforman uno de los pueblos más sucios que puedas encontrar. Ha bastado el inicio del ciclo de la crisis económica para poder comprobar como nuestras calles y jardines acumulan una suciedad que siempre ha existido, pero que ahora luce ante la ausencia de gran parte de quienes se encargaban de secuestrarla, los barrenderos. Las costumbres de unos ciudadanos predominantemente callejeros, nos empujan a creer que lo que está más allá de nuestra puerta también nos pertenece. Y es cierto, aunque claro, no es lo mismo pensar que algo me pertenece a pensar que algo NOS pertenece. En realidad el español se queda a medio camino de ambos pensamientos. Por una parte cree que como la calle le pertenece puede maltratarla como y cuando le venga en gana. Por otro, como sabe que también le pertenece a los demás, procura poner mayor ahínco en su manchar diario, con la simple idea de fastidiar al personal, que es, tampoco lo neguemos, algo muy español. El carácter predominantemente anárquico del ciudadano medio fluye en las terrazas de los bares, donde un grupo de amigos critican lo cochinos que son esos rumanos que rebuscan en la basura dejándolo todo perdido, mientras ellos, entre caña y caña, escupen cáscaras de pipas al suelo, lanzan sus cigarrillos ya fumados a donde caigan o disparan unos esputos que bien podrían haber salido de la fábrica de blandiblú. Ver la paja en el ojo ajeno es también una de nuestras especialidades, aunque quizás no tan desarrollada como la de ignorar la viga en el propio. Esta fotografía del país no es más que la representación real de unos ciudadanos a los que les cuesta un horror aquello de la conciencia social. Quizás por ello, portamos también el orgulloso estandarte de la solidaridad, convirtiéndonos en uno de los países más entregados a la lucha de las causas injustas. Es probable que esto sea el resultado de una sana válvula de escape que nos reconcilia con nosotros mismos. Una especie de penitencia para curar el gorgoteo de la bilis que cocinamos cada día criticando todo aquello que nosotros no hemos hecho, todos los fallos que han comedido los demás, toda la fortuna que se ha marchado con el otro ( ¡la muy puta!), todo lo que concierne a la vida ajena que nos gustaría imitar pero no tenemos los cojones suficientes… Con este panorama podrá usted comprender fácilmente por qué a países como el nuestro es inútil pedirle aquello de “rememos todos en una misma dirección”. No vamos a remar en ninguna dirección, por lo anteriormente dicho y porque sabemos muy bien que quien nos lo está pidiendo quiere que rememos en la dirección que a él le interesa, no somos tontos y sabemos que él  es también español. El cambio necesario para convertirnos como país en otra cosa, si es que realmente queremos hacerlo, pues quizás estemos cómodos así o ¿acaso no está a gusto el cerdo, con perdón, revolcándose en el fango?, el cambio, como decía, puede llegar por dos caminos. Uno, la transformación sincera y progresiva de un pueblo que comienza a mutar de arriba abajo, de izquierda a derecha y de dentro a afuera. No quiero pecar de pesimista pero esta opción la veo muy lejana e improbable. No estamos lo suficientemente maduros para ello, así que paso a la otra opción, verá usted que divertida. Dos, nos siguen inflando a golpes de diversa índole: impuestos, recortes sociales, privatizaciones, corrupción al más puro estilo patrio, osease casposo… y pasado un tiempo, ¿cuánto? eso sí que no lo sé, lo resolvemos al más puro estilo español. Como hemos venido haciéndolo desde hace siglos, como manda el manual de “como ser un buen Aspañó”, es decir, a hostia limpia. Si tengo o no razón, y créame me encantaría errar y llevarme un ¡zas! en toda la boca, lo veremos con el tiempo. Pero no quiero acabar con un mal sabor de boca y que usted se lleve la impresión de que todo en este país es un bodrio y que nunca vamos a levantar cabeza, como pronostican algunos agoreros, muy españoles por supuesto. No, quiero recordarle que también somos otro montón de cosas mucho más agradables… pero de eso ya hablaré otro día.

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