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miércoles, 10 de julio de 2013

¡Qué falta de respeto!



Si digo que los niños de hoy son más maleducados que los de mi generación, seguro que muchos de ustedes están de acuerdo. El problema es que semejante afirmación ya la oía yo cuando era niño, y eso nos lleva a dos posibles explicaciones: o bien vamos evolucionando hacia el mal absoluto, y con ello la próxima generación será algo así como la versión Gore de los gremlins, o es que los que nos siguen no pueden tener la misma expresión de valores que nosotros porque sencillamente son distintos.

La rebeldía es una característica común y necesaria de la juventud, y por lo tanto es absurdo pretender que nuestros hijos se comporten socialmente como lo hacíamos nosotros. Pero además, su concepto del mundo es otro. Los de mi quinta (permítanme esta expresión con olor a naftalina), por ejemplo, crecimos en el albor de las nuevas tecnologías. Ya nos paseábamos con una cacharra enorme con la que se podía disfrutar con unos juegos que ahora serian el hazmerreír de cualquier púber. Para escuchar música utilizábamos unos aparatos portátiles reproductores de cassette que se chupaban las pilas con una sola audición completa, si es que llegaba a completarla.

Es verdad que jugábamos más en la calle, que no pasábamos tantas horas frente a las pantallas y que teníamos más contacto humano. Eso es tan cierto como que de haber nacido nosotros con las tecnologías actuales formaríamos parte de esta generación compartiendo con ellos todos los pros y los contras.

En lo que quizá no hayamos reparado tanto es en que esta prole no es más que la continuación de la nuestra. Somos nosotros guiados por nuestros valores, nuestros sueños, nuestros miedos, nuestras locuras o nuestras aspiraciones. Y como es lógico, el tiro le ha salido por la culata a todo aquel que pretendía ver una versión mejorada de sí mismo en sus hijos. Una generación no es mejor o peor que otra, es diferente. Y estas diferencias vienen marcadas por la misma sociedad que en su momento marcó las nuestras.

En la época en la que mi abuelo era joven, una gran parte de sus coetáneos se dedicaban a matarse a tiros unos a otros. Hoy esto no ocurre. Y puedo asegurarles que mi abuelo era mejor persona que muchos jóvenes de hoy, y supongo que peor que otros.

Generalizar es siempre injusto y erróneo, a nos ser que se utilice el dato como algo orientativo y relativo, no como un hecho concreto e indiscutible. Pero no crean que con esto me estoy poniendo de parte de los jóvenes porque quiero parecer muy “guay” (cosa que no me hace falta porque ya lo soy), sino que en realidad estoy tratando de disculpar a mi propia generación. Todos los errores que observo en aquellos que vinieron a compartir este camino unos años después de que lo hiciera yo, son el resultado de las semillas que nosotros plantamos como sociedad. Como también diré que al mismo tiempo, nosotros éramos el resultado de aquello que sembraron nuestros abuelos, y en menor medida, nuestros padres.  

Ninguno de nosotros somos del todo inocentes o culpables de lo que ocurre en el lugar o lugares donde vivimos. Como sociedad, nadie es culpable del resultado, pero al mismo tiempo, todos somos culpables del resultado. El barco (ya me puse metafórico) avanza y retrocede empujado por los vientos, que son nuestras acciones. Cada acción individual ayuda a que el sentido de la marcha vaya hacia delante o hacia atrás. Ninguno de nosotros puede mover el barco por sí solo, pero sí decide de qué lado quiere empujar en todas y cada una de las decisiones de su vida. Unos tendrán más fuerza para soplar, deciden más que otros pero también por ello cargan con una mayor responsabilidad, mientras que otros, por lo motivos que sean, solo pueden aportar una brisilla. No importa, esa brisilla es tan importante como la fuerza de un huracán si es todo lo que puedes ofrecer.

Lo importante no son las sociedades, son las personas. Lo que ocurre es que las sociedades las forman las personas, o mejor dicho, los individuos (un día hablaremos sobre la diferencia entre individuo y persona). Y por lo tanto la sociedad es la representación práctica de la valía de los individuos que la forman. Piénselo un momento y asúmalo. ¿Le sigue pareciendo que vive en una sociedad de mierda? ¿y que parte de esa mierda es de su cosecha?

Usted decide, puede soplar de un lado de la vela o del otro. El barco se va a mover y usted es tan responsable como yo de elegir el rumbo.

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